EL PRINCIPE *
Que triste fue decirnos adiós /Cuando nos adorábamos más / Hasta la golondrina emigró presagiando el final / Que triste luce todo sin ti / Los mares de las playas se van /Se tiñen los colores de gris / Hoy todo es soledad / No sé si vuelva ha verte después / no sé qué de mi vida será / sin el lucero azul de tu ser que no me alumbra ya. El Triste.
Habían pasado tres meses desde aquella mañana en que me fui de guardafrenos del tren de la Southern Pacific, rumbo a California. Allí, luego de que me despidieron de los trenes, me dediqué a recoger algodón. Durante todo ese tiempo no había bebido casi nada. El trabajo era duro y la comida mala. Y cuando las cosas son así, no tengo acción para emborracharme. Por eso es que volví a El Paso, porque sabía que en El Paso ya no iba a encontrar a Claudia, porque lo que quería era por lo menos volver a estar en los lugares donde alguna vez había caminado con ella, lugares que habíamos inventado juntos. Sí, fue muy triste decirnos adiós, Claudia. Por eso me quería dedicar a emborracharme con todo el dinero juntado. Y por eso al otro día de mi llegada a El Paso ya me encontraba en Juárez, caminando por el mercado, con mi jean ancho y sucio, mis zapatos gruesos, mi camisa de franela y el sombrero de vaquero que me acababa de comprar. Me abastecí allí de grifa (mota, marihuana), suficiente para el resto de la tarde y la noche. Caminaba entre prostitutas, entrando y saliendo de «La Flor del Valle», «El Gallito», «El Vaquero», el «Club Pedregal», «Las Piscas», «La Capital», «El Puerto»; bailando con María Félix una de Los Tigres del Norte, con Silvia Pinal otra de la Banda El Recodo, con Angélica María la de Los Tucanes de Tijuana, y al final con Lucía Méndez aquella de Los Rieleros del Norte («Te quiero mucho/ te traigo en mi pensamiento/ mira soy hombre/ yo no pago con traiciones/ Adónde se hallan los juramentos de amores/ que tú me hacías...», le cantaba al oído). Octavio Paz decía que «viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad.» Estaba en una cantina en el mismo mercado del Centro de Juárez, bebiendo vaso tras vaso de tequila, entre aquellos norteños. Afuera, la tarde no tenía ganas de irse, ese sol buscaba la manera de seguir iluminándonos con todas sus variantes y tonos de colores, ayudado por el viento fresco de las seis. Hacia el otro extremo de la barra había un tipo de unos cincuenta años, con barba de unos días, y el cabello crespo, largo y mal peinado con gel. Se parecía a José José. ¿Y si de verdad es José José?, me dije. Era idéntico, a pesar de esa barba y la cabeza gacha, bebiendo triste en ese rincón. De rato en rato levantaba la mirada a cualquier punto donde no había nada, farfullaba algo y volvía a agachar la cabeza. Carajo, es José José, dije. Entonces se me ocurrió ir a la rockola, echar una moneda de diez pesos y poner tres canciones: «Gavilán y Paloma», «Buenos días Amor » (canción que lo puse más que todo por estar pensando en Claudia) y «Amor Amor». Me senté cómodamente esperando ver algún gesto o actitud que lo delatara. Acabó la primera canción y nada. La segunda, levantó la cabeza, pidió otro tequila y siguió ensimismado. Yo ya me estaba haciendo la idea de que todo había sido una equivocación. Pero vino la tercera y, pobre, supo que lo había descubierto, allí, en aquel antro miserable de la frontera. Me miró desde su rincón y me hizo una señal para que lo acompañe. Con esa voz nasalizada y ronca por el alcohol, me dijo. «Amigo, no sé quién seas tú, pero tú ya sabes quién soy, así que mejor siéntate aquí antes de que alguien más se entere.» Nos acabamos todo el tequila que había, arrasamos con el mezcal, vaciamos el whisky, mandamos a pedir que traigan más tequila. El me decía que venía de un centro de rehabilitación de Los Ángeles, que una mujer que era un ángel lo había ayudado a costear el gasto de aquel centro, pero tal como apareció de la nada se había ido. Yo le contaba de mi Claudita («¿será por eso, por lo que ahora estoy triste?»). Desde chico siempre había soñado emborracharme y cantar junto al Príncipe. Al comienzo no me atrevía a pedirle que cante conmigo, pero luego no fue necesario ni pedírselo. Pepe se puso tan pedo (huasca, borracho) como yo, que ya éramos patas (cuates, amigos). Y, es más, luego de haberle hecho su imitación de aquella escena de su película con Christian Bach (cuando sale al escenario tan borracho que interrumpe la primera canción y dice: «dispénsenme, pero ustedes me merecen muchísimo respeto, no puedo seguir cantando, adiós»; sale del escenario y se cae), hasta me dijo que era su carnal (su pataza, su chocheraza, su brother). «Tengo ganas de cantar, Camilo», me dijo luego de un breve silencio. Yo me eché un seco y volteado, golpeé el vaso en la mesa, lo miré a los ojos, le puse una mano en el hombro y le dije: «Está bien, sólo porque me has caído bien dejaré que cantes conmigo»; él se cagó de la risa. Pero mira, Pepe, le dije, si empiezas a cantar todo el mundo aquí va a saber quién eres. («Tienes razón, Camilo», me dijo). Mejor voy a poner en la rockola unas canciones tuyas, así con tu voz allí y el volumen nadie se va a dar cuenta. («Ok»). ¿Ah, me dejas escoger las canciones? («Órale, güey»). Empezamos con «Lo pasado pasado», luego con «Lo que un día fue no será», y después con «Si me dejas ahora...» Tenía dinero para cantar mil canciones más, tenía ganas de seguir cantando toda la vida, sentado allí, junto a la rockola; aún cuando el Príncipe se había ido, yo tenía ganas de cantar y cantar aún cuando sabía que definitivamente Claudia se había ido.
* Tomado del libro de relatos El Paso (2005) de Miguel Ildefonso (1970)Apolo. Lima.
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